miércoles, 13 de abril de 2011

Túu...

No tenía ningún motivo para llorar. Y no lo estaba haciendo. Sólo era una lágrima, sólo una.

Pero tras esa primera lágrima brotaron más. Una primera lágrima cayó al suelo por las oportunidades perdidas, y una segunda le siguió, en señal de duelo. La tercera lágrima que se desprendió de sus ojos fue debida a la inmensa tristeza, que le producía estar ahí, sin nada más que hacer, que intentar evitar que siguieran surgiendo aquellas lágrimas.

Y recordó aquella vez en que, viendo una película, sus ojos se empañaron, al seguir los pensamientos de la joven protagonista, y los del niño que veía fantasmas, y del padre que había perdido a sus dos hijos, y tantos y tantos otros, que la habían emocionado, y hecho llorar, por la realidad y naturalidad de aquellas tramas.

Y una cuarta lágrima descendió por su rostro, y una quinta, y una sexta... Ya no podía dejar de llorar.

Y recordó la primera vez que se enamoró, la primera vez que le robaron un beso, y la primera vez que la sacaron a bailar. Recordó también aquella circunstancia en la que tuvo su primer amigo de verdad, los momentos en que nada era imposible y se creía la dueña del mundo junto a sus amigos.

Y las lágrimas siguieron cayendo, Comenzó un viaje por su vida recordando todos aquellos momentos, aquellas decisiones y personas que dejaron sus huellas impregnada en su mente, cuerpo y corazón. Ya no era una tras otra, sino que eran miles las que patinaban por su cara, tratando de llegar las primeras.

¿Hacia donde?

No todas las lágrimas pueden expresar una tristeza, no todas las lágrimas son signo de que algo va mal. Algunas de ellas, nos sirven para darnos cuenta a tiempo de lo que queremos, de lo que soñamos, y de nuestras esperanzas.
Algunas lágrimas rehacen sueños, reviven situaciones y alimentan nuestro espíritu, para que podamos seguir adelante. Son el testimonio de nuestro pasado y de nuestro presente, instantes efímeros en forma de gota, sentimientos perdidos y reencontrados.

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